miércoles, 16 de octubre de 2013

Sobre el budismo zen / por OSCAR DEL BARCO

La dificultad del místico para hablar o escribir de eso a lo que se llama experiencia mística se debe a que quién habla es lo Absoluto, y lo Absoluto implica necesariamente todo, de allí que cualquier afirmación se transforme de inmediato en supuesto y no pueda detenerse. Si uno pudiera preguntar ¿cómo piensa lo absoluto? diría: así, disolviendo el lenguaje a medida que lo anuncia, llevando el lenguaje a un punto extremo de indecibilidad donde sólo queda el acto, ya se trate de levantar una flor en silencio, como hizo Buda, o llorar como hizo Subhuti. Hablar, entonces, siempre es una vuelta hacia lo imposible: incluso levantar una flor, incluso llorar, incluso el TOC del bastón contra el atril ya es excesivo. No obstante se vuelve, y a ese volver se lo llama Bodhisattva: vuelve por amor, por compasión, y entonces puede recorrer la India, o China, o América, durante años, tratando de suscitar en cada uno de los seres humanos el estado-de-absoluto.

El budismo comenzó con ese estado (en realidad Buda es un estado, sin persona) a partir del cual todo está en actualización (no-nacimiento, no-muerte): la estrella de la mañana es ese instante absolutamente nuevo que acontece como revelación. Todo es estrella de la mañana, todo es esta tela de araña, este árbol, este que escribe. Pero todo es así porque no es, y porque no es es así, podríamos decir parafraseando al Sutra-Diamante. Y creo que jamás se ha pronunciado una verdad que vaya más allá de ésta. En el todo, como todo, no puede decirse nada, y lo que se dice es en el volver hacia los otros. El que no existe vuelve hacia los que no existen, y por ese volver existen. La otra alternativa era y es la muerte, el silencio. No el silencio significativo, sino el silencio sin más. Es un misterio inexplicable ese volver que hace el mundo. Pero es así: en el fondo del aniquilamiento hay una fuerza sin nombre que salva lo aniquilado.

El budismo-zen se “inicia” con esa ficción monumental, en sentido nietzscheano, del encuentro del
Bodihiharma con el Emperador de Wu. Se trata de tres actos: en el primero el emperador hace gala de sus obras piadosas, Bodihiharma simplemente dice “ningún mérito”; en el segundo el emperador sorprendido lo interroga a Bodihiharma sobre su comprensión de lo sagrado, éste le responde “Vasto vacío; nada sagrado”; el emperador, que debe haber sido un buen budista, fue abrumado por semejante respuesta y sólo atinó a lanzar su última y vacilante pregunta, “¿Quién eres?”, Bodihiharma respondió no sé. No se trata de que no existan buenas obras, de que no exista nada cerrado, ni de que Bodihiharma no supiera quién era. Se trata de lo absoluto: en lo absoluto no existen cosas buenas o malas, ni sagradas ni profanas, ni Bodihiharma ni no-Bodihiharma. Y en ese punto hay un corte neto con Sócrates, el pensador que en gran medida funda la historia filosófica de Occidente; mientras Sócrates hace de su no-saber un método que le permite fundar un saber (sé que no sé y ése es mi saber), Bodihiharma corta todo discurso, toda dialéctica, y dice ese no sé que abre otro modo del espíritu. Sócrates se abroquela en el hombre, habla como hombre-de-la-razón; Bodihiharma deja caer al hombre y deja hablar al absoluto, sin hablar.

Ese es el abismo de la diferencia del budismo con la filosofía y con la religión. El budismo se retira y así “avanzan las diez mil cosas”; la filosofía y la religión avanzan sobre las “diez mil cosas”. La filosofía se enreda en el discurso racional que en realidad no puede hablar de lo que verdaderamente interesa (como diría Wittgenstein); la filosofía, las religiones, institucionalizan humanamente, siempre desde el poder, lo indecible: tanto una como otra buscan dominar el absoluto mediante la puesta en acto de una hipóstasis idolátrica. El budismo abandona al hombre, abandona a Buda (dice: si ves al Buda, mata al Buda; ¡atención, no te dejes someter, eres ése lugar-sin-lugar, ese algo absoluto!), abandona la estrella de la mañana, la flor, el no sé de Bodihiharma. En ese abandono-caída se oye TOC, y no hay ni ese TOC, o hay TOC sin TOC, pensamiento que es no-pensamiento, no-Buda, como dice Dōgen. La expresión de la totalidad del universo es su no-expresión, ahí, en ese no-lugar, en ese no-tiempo, sólo la estrella de la mañana como vuelta; y la vuelta está mostrada en ese relato del antes y el después de la iluminación: siempre el mundo, los ríos, las mujeres, el cielo; antes y después iguales; pero, entonces, ¿qué es lo que ha pasado? Antes el río era un río con río, ahora es un río (¡el mismo río!) pero sin-río: pensamiento-sin-pensamiento.